Hace años empecé a dar clases por experimentar nuevos rumbos de trabajo. Recuerdo que buscaba aprender nuevas habilidades de relación humana y conocimiento. De ese tiempo a la fecha me he mantenido dando clases parcialmente, y trabajando de tiempo completo por otro lado en una industria de plásticos.
Este modelo lo he ido afinando según las personalidades promedio del grupo entre otras cosas, semestre tras semestre. Luego, me empecé a dar cuenta por las reacciones de los alumnos, sus evaluaciones y comentarios, que aprendían de una forma creciente, así como de viva voz, que les gusta la forma en que se dan los temas. Eso ha significado para mí tanto, que me ha dado fuerza y motivación a continuar la docencia. Por lo mismo ésta ahora se ha convertido en una actividad prioritaria en mis actividades laborales.
Yo no sé si es la vocación por la misma, o el contagio de ver las emociones que se provoca en los alumnos al terminar cada semestre, o la retroalimentación del gusto diferente de ellos por lo cuantitativo. Se ve cómo se despierta en ellos el aplicarlo o vivirlo ya en los procesos reales industriales. Creo eso es lo mejor que me está pasando en la enseñanza: la satisfacción de ver salir jóvenes que contribuirán al desarrollo industrial de México, con un agrado incrementado por éste tipo de materias especiales. En la medida que cada profesor aporte el “grano de arena” por el país de una forma congruente en la educación, México será un mejor país, que mucho lo necesita. Por esto y otras cosas intangibles, estoy en la docencia.